Literatura, filosofía, psicoanálisis

viernes, 20 de mayo de 2016

Julia Kristeva

con la reedición de 'Mujeres chinas' en español Julia Kristeva vuelve a estar en las revistas culturales. Aquí habla de su libro 'Historias de amor'
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"La muerte vive una vida humana, dijo Hegel. Esto es cierto cuando no estamos enamorados o en análisis". Julia Kristeva, después de la travesía del estructuralismo y la semiología, Mayo de 1968 y el maoísmo, es una dulce profesora universitaria, inteligente y brillante, preocupada por cuestiones cotidianas. Con ese talante habló la pasada semana en el Instituto Francés de Madrid y dijo: "Quien no escribe ni está enamorado ni se psicoanaliza, está muerto".

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Julia Kristeva está hoy lejos de los grandes modelos y paradigmas de las ciencias sociales y de la teoría literaria que conmovieron el panorama universitario de los años sesenta y de los setenta.La abyección, el amor, la melancolía, ocupan sus clases y sus reflexiones. Y desde hace unos siete u ocho años todo gira en torno a su labor de psicoanalista, su consulta y sus pacientes, incluso los temas que elige para sus seminarios universitarios. Estuvo en Madrid para hablar del amor -tema de su último libro- y atrajo fundamentalmente a un público de psicoanalistas, no siempre satisfechos ante sus planteamientos ciertamente originales y heterodoxos. Explica que, efectivamente, quien no está enamorado ni se psicoanaliza ni escribe, está muerto.
Los casos que explica Kristeva en su último libro, Histoires d'amour, tienen todos algo en común: la falta de amor. "Ser psicoanalista es saber que todas las historias terminan hablando de amor", reza la contraportada de su libro. Pero una de las mayores infelicidades en la sociedad occidental -explica- es el individualismo, que nos hace negar el amor y la solidaridad. Nuestra sociedad carece, además, de código amoroso. Para Kristeva, no hay más solución que reconciliarnos con nosotros mismos. "El individualismo occidental es también un valor importante que se puede capitalizar positivamente, y mientras nosotros nos lamentamos por nuestros excesos individualistas, los japoneses, por ejemplo, se sienten disminuidos por su falta".
Narciso y Don Juan
Las historias de amor que explica Kristeva se engarzan con mitos y figuras literarias, en cuyo estudio la escritora despliega toda su sabiduría semiológica y psicoanalítica: Narciso, Don Juan, Romeo y Julieta, la Virgen, los trovadores, Stendhal, Baudelaire, Bataille, Freud. En ese libro sobre el amor, además, adquiere especial densidad su saber teológico. Julia Kristeva asegura que le interesan muchísimo las evocaciones marianas que realiza Karol Wojtila en sus viajes o en sus alocuciones en el Vaticano. A propósito del individualismo, dice sin el más leve asomo de ironía: "A fin de cuentas, la necesidad de aceptarse a sí mismo es un mandamiento de Dios en el Antiguo Testamento: Ámate a ti mismo".
El escultor Miguel Berrocal, a la salida de la conferencia pronunciada por la psicoanalista en el Instituto Francés, de Madrid, le inquirió con todo su desenfado malagueño si creía en Dios. "Nón, je suis athée", contestó tranquilamente Kristeva. Por sus elogios de la idealización y su saber inagotable sobre cuestiones teológicas, nada permitiría pensarlo, si no fueran sus propias palabras.
Un movimiento espiritual
La depresión y la propia muerte de las grandes figuras del estructuralismo es para Kristeva una consecuencia natural de un sobreesfuerzo intelectual colosal que se: manifestó en los años sesenta. "Todo quedará de aquel gran movimiento del espíritu. Fue un momento de gran tensión y esfuerzo, de explosión cerebral en un país que ha sido siempre muy conformista. Algo así como un Sturm und Drang. Este mismo hecho explica las muertes en masa de los grandes pensadores. Y la salida a una situación así es la sublimación, la creación o el análisis". Es decir, Umberto Eco, novelista, y Julia Kristeva, psicoanalista.
Lo más efectista del pensamiento estructuralista apenas interesa ya a Julia Kristeva, que sigue utilizando conceptos, teorías y un léxico transformado en su trabajo psicoanalítico, constantemente preñado de términos lingüísticos y de una pasión irrefrenable por la literatura. Participa todavía en algún congreso de semiótica, pero se muestra escasamente motivada por la semiótica institucionalizada y convertida en academia, bien lejos, en gran parte, de aquella semiótica crítica de la ciencia y crítica de sí misma que enunciara en un famoso artículo luego recopilado en su libroSemeiotiké. La semiótica greimasiana -desarrollada a partir de A. J. Greimas, primero lexicógrafo y luego investigador semiótico- es uno de sus objetos de crítica: "Hay descripciones formales de las narraciones que tienen interés porque son objetivas, pero no creo que sea en ellas donde puedan localizarse los elementos más interesantes de la narración. El placer, la catarsis, que abarcan otros niveles de la lectura no aparecen en esta semiótica".
Hora cero
Para esta joven pensadora (43 años y una extraordinaria historia intelectual en las espaldas de su cerebro) la participación, con trabajos algunos de ellos decisivos, en esta tormenta del espíritu que giró alrededor de la revuelta de mayo de 1968 es un privilegio y una fortuna.
"Para la gente que participamos en aquel movimiento siendo mucho más jóvenes que las grandes figuras, ahora es un momento muy importante porque es una hora cero. A mí no me interesa el sentido de la esperanza, pero pienso que no hay sentido sin esperanza". Después del desengaño de la época del compromiso político, cuando el propio desengaño deja de ser una pulsión interesante, ahora los intelectuales de la travesía de mayo se interesan principalmente "en los fenómenos subjetivos, que pueden parecer menos grandiosos pero más eficaces, porque tocan los puntos neurálgicos de la vida de cada uno".
Cuando se le pregunta a Julia Kristeva si se siente todavía radical, asiente, aunque sin grandes gestos ni mucha pasión, y afirma que la radicalidad de su trabajo reside precisamente en la incidencia en las vidas de las gentes, a través del "modesto compromiso del psicoanálisis", algo así como una forma absolutamente microscópica y nada trascendental de cambiar la vida, de transformar el mundo mediante la reconciliación de la gente consigo mismo.

fuente:  diario El pais

sábado, 5 de marzo de 2016

El congreso Wittgenstein

LA EXPERIENCIA PEDAGÓGICA DE WITTGENSTEIN

      El presente estudio fue una colaboración para  el número 2 de la revista “Aletheia” , hecha por el Seminario Permanente de Filosofía de la Vega Baja, y publicada en el año 1992 en Orihuela (Alicante). La transcripción es literal, y no recoge los estudios   sobre Wittgenstein posteriores a los primeros años 90 del pasado siglo.


UNA EXPERIENCIA PEDAGÓGICA



I

   En el distrito de Neunkirchen, en la Baja Austria, todos los años se celebra un congreso sobre Wittgenstein.

   En  este mismo distrito, en las aldeas Trattenbach, Otterthal y Puchberg, hubo entre 1920 y 1926 un maestro de escuela primaria excepcional: Ludwig Wittgenstein. Todavía hay personas vivas que conocieron directamente a este singular personaje, de reconocida fortuna, pero que vivía casi en la pobreza.

II

   Gracias a la publicación de Los Diarios Secretos de Wittgenstein en 1985 (1), tenemos un conocimiento directo de las vicisitudes personales del autor en los años de la Primera Guerra Mundial, cuando servía en el ejército austríaco como voluntario.

   Desde agosto de 1914 tomó la costumbre de anotar todo lo que sucedía en el frente, así como sus reflexiones filosóficas, que desembocarían en las páginas más enigmáticas de la historia de la filosofía: el Tractatus Logico – Philosophicus.



   En los diarios arriba mencionados, asistimos a la evolución del pensador, de un joven vienés formado como ingeniero en Austria y en Inglaterra, que se interesó por problemas filosóficos a raíz de cuestiones matemáticas, de un hombre grave con un agudo sentido de la ética y una profunda preocupación por vivir religiosamente, aun cuando no observara ninguna práctica religiosa.

   En estos mismos textos las referencias a Tolstoi y su Breve exposición del Evangelio son muy numerosas, llegando incluso a reconocer en una carta a von Ficker (2) que:”(…) En su momento fue este libro el que a mi me mantuvo realmente en vida (…)”.

III

   No cabe duda que vivir en primera línea de fuego una guerra es una experiencia que deja una huella indeleble. En 1918 Wittgenstein pasa a un campo de prisioneros en Montecassino, al norte de Italia. Se negó a cualquier tipo de intervención por parte de su familia o amistades inglesas – tan influyentes como Russell – para ser liberado, o incluso, recibir ayuda económica o en alimentos de ningún tipo. No consideraba ético no compartir exactamente el mismo destino que todos sus compañeros de cautiverio.

   A lo largo de los Diarios Secretos vemos que Wittgenstein no tiene un gran aprecio por la gente que lo rodea – los suele tachar de “indecentes”, “zafios” y “limitados” en sentido intelectual. Sin embargo, sabe que son su prójimo, y debe aprender a convivir con ellos, y utilizar su paciencia como arma. Quizá lo ha conseguido, y lo muestra con esa solidaridad. No obstante, sus relaciones humanas seguirán siendo siempre difíciles.

   A pesar de todas las dificultades, en el campo de prisioneros hace, al menos, una amistad que tendrá cierta proyección en su vida futura, un joven oficial llamado Frank Parak, el cual escribía relatos y poemas para leer entre los prisioneros. Wittgenstein se interesó por él en cuento tuvo noticias de su labor, y a pesar de devolverle el relato que le había prestado lleno de correcciones, aduciendo que “…al escribir, se debería procurar siempre representarse con claridad las cosas y buscar las palabras que coincidiesen exactamente con lo representado” (3), la amistad surgió entre ambos. Y Parak conoció, de primera mano y con aclaraciones del propio autor, lo que era el Tractatus.

IV

   Pero no es precisamente el Tractatus en sí mismo lo que ahora nos ocupa, sino más bien lo que viene después de él, después de la proposición siete con su petición de silencio ante aquello “de lo que no se puede hablar”. Wittgenstein ha tirado la escalera y ya no quiere saber nada de la filosofía.

   “Yo ya había notado en su libro un cierto asomo de misticismo, pero me he quedado completamente asombrado al comprobar que Wittgenstein se ha convertido por completo en un místico”, escribe Russell a lady Ottoline en diciembre de 1919, tras su primer encuentro con Wittgenstein después de la guerra, ocurrido en La Haya.

   Ciertamente, algo había cambiado en el vienés, muy influido ahora por los literatos rusos que, como Tolstoi o Dostoievski, cantan la pureza de costumbres y de espíritu de los campesinos rusos. Si a ello añadimos que, en el campo de prisioneros un cierto número de ellos preparaba su ingreso en la Escuela de Magisterio, tendremos la génesis de lo que será la vida de Wittgenstein en los siguientes años: un maestro de escuela primaria en aldeas de Austria. Allí irá buscando pureza y decencia – siguiendo a Tolstoi – y, no solo en los campesinos, sino también dentro de sí mismo, ya que, como le confesó a un compañero de profesión docente:”hubo un tiempo en que estuve dándole vueltas a la idea de hacerme arquitecto o boticario. Pero caí en la cuenta de que no podía encontrar en esas profesiones lo que yo buscaba. En el fondo, cuando uno ejerce esos oficios, y también otros, únicamente es un tendero. Lo que yo quiero es irme al otro barrio siendo una persona decente” (4).Así, al abandonar el campo de prisioneros y volver a Viena, se matriculó en el último curso de la Escuela de Magisterio.

V

   Se ha solido señalar esta experiencia docente de Wittgenstein como una consecuencia ética del Tractatus: mostrar lo indecible. Pero, a partir de los años setenta, cuando comenzaron a ser más numerosos los estudios sobre Wittgenstein, se apunta también al ejercicio de la docencia entendido como una especie de sacerdocio.

   William Bartley III en su polémica obra, Wittgenstein (5), apunta la posibilidad de que Wittgenstein buscara en ello un cierto seguimiento de Jesucristo como modelo, aunque no se atreve a afirmarlo tajantemente (6).

  Baum, algo más documentado nos dice que: “A su amigo Parak le explicó que lo que más le gustaría es ser sacerdote. Pero como no se sentía con ganas de iniciar unos estudios teológicos que duraban ocho semestres, decidió hacerse maestro de escuela primaria.(…)Wittgenstein le dijo a Parak que, siendo maestro, podría leer a los niños la Biblia en la escuela”(7).

   En este punto hay que contar con la reforma educativa que se llevó a cabo en Austria en los años 20, con sello socialdemócrata y bajo la firma de Otto Glöckel, su artífice, y persona que frecuentaba el palacio de los Wittgenstein en Viena. De ahí a afirmar que la decisión de Ludwig estaba estrechamente relacionada con la obra social que emprendió su familia tras la guerra, apoyando las nuevas tesis educativas, hay un pequeño paso.

   El padre del filósofo, Karl Wittgenstein, afirmaba en 1890 que el mayor obstáculo para el progreso de un país estribaba en los campesinos analfabetos que impedían a sus hijos educarse y salir de la ignorancia. Treinta años más tarde, su hijo menor llegaría a pequeñas aldeas a educarlos y hacerlos recitar de memoria poemas de Keller, Mörike y Schiller.

VI

   Una vez acabada la guerra, Wittgenstein tenía dos preocupaciones fundamentales al reintegrarse a la vida de Viena: la primera, la publicación del Tractatus ; la segunda, ser consecuente con su decisión de dedicarse al magisterio.

   Respecto a la primera, tuvo que confiar en los buenos oficios de Russell para conseguir que se publicara, por primera vez en alemán en 1921.

   La segunda llegó tras repartir toda su fortuna entre sus hermanos y vivir a partir de entonces exclusivamente de su sueldo. En el verano de 1920, desde que salió de la escuela de Magisterio hasta que llegó a la aldea de Trattenbach, trabajó como jardinero en un convento.

VII


   Desde que comenzó su carrera como maestro de escuela en Trattenbach, su fama de excéntrico y loco no hizo sino crecer. Su forma de vestir, siempre con el cuello de la camisa abierto y un capote militar, sus alojamientos en minúsculas habitaciones y su carácter reservado tuvieron bastante que ver con ello.

   Al principio de su nuevo destino escribe entusiasmado a Russell, alabando la belleza y la soledad de los paisajes de alta montaña. Sin embargo, pronto empezará a quejarse de la zafiedad de sus gentes y de su poca disposición para dejarse enseñar.

   Todas las dificultades que tuvo en su relación con los adultos, fueron un camino más despejado con los niños, con sus alumnos, especialmente con los que eran más inteligentes. Baum (9) califica al filósofo de elitista por este motivo, al igual que hace W.W.Bartley III, quien también expone que no hizo esfuerzos por conectar con el campesinado:

   “Durante su vida Wittgenstein enseñó sólo a dos tipos de personas: los privilegiados  adultos que fueron sus estudiantes  colegas de Cambridge y los niños de los campesinos pobres de Austria.Su última filosofía sugiere que aprendió más, y probablemente mucho más, de aquellos niños que lo que aprendió de los adultos” (10).

   En Trattenbach hizo amistad con el párroco, Neururer, hombre de principios, como el mismo Wittgenstein, con quien formaba una buena sociedad: el párroco mediaba entre el filósofo y la comunidad, y Wittgenstein hacía las “buenas obras”.En esta época el vienés reparó una máquina de la fábrica de lana de la localidad, que, de no haber sido por él, hubiera llevado al desempleo a bastantes trabajadores, pues requería que se desmontara y enviara a Viena para su reparación. El maestro lo hizo en dos días y con la única ayuda de cuatro hombres. El pago que insistieron en hacerle, lo pidió en lana, que el párroco repartió entre los niños del pueblo. Fue también el párroco quien lo puso en contacto con los Traht, los granjeros más pobres de la aldea. Wittgenstein siempre comía con ellos, y consideraba a la señora Traht una “verdadera cristiana”.Todavía seguía en  pie su idea de encontrar la decencia entre los campesinos.

VIII

   El sistema educativo heredado de la monarquía de los Ausburgo primaba el memorismo y el respeto a la autoridad; el alumno hacía poco trabajo creativo y su labor era principalmente pasiva. Las reformas propuestas por Glöckel merecieron críticas y alabanzas encendidas.

   Otto Glöckel fue ministro de Educación de la nueva República durante el breve período de un año y medio, pero las reformas impulsadas por él eran a largo plazo, y su objetivo último era transformar las viejas escuelas disciplinarias en escuelas de trabajo; se buscaba la pedagogía activa, el aprendizaje a través del trabajo del alumno. A pesar de ser bastante impopular en Austria, este principio mereció la atención y los elogios del Instituto Rousseau de Ginebra, que llamaría, a partir de entonces, a Viena  “la meca de la pedagogía”.

   No tenemos datos sobre el entusiasmo o falta de él  de Wittgenstein por la reforma, pero sí podemos hablar de su “pedagogía” concreta: los alumnos trabajaban en sus clases como no lo habían hecho nunca. Y adoraban a su profesor.


   Todavía queda en el pueblo de Puchberg un esqueleto de gato que Wittgenstein construyó para sus alumnos, al igual que había hecho en Trattenbach y haría en Otterthal. También hizo modelos de máquinas, poleas y palancas para MOSTRAR a los alumnos lo que debían aprender. La preparación que les dio en matemáticas era mucho más avanzada que la que era usual en la época.

   El filósofo intentaba motivar a aquellos alumnos cuya capacidad intelectual era mayor, para continuar después del horario normal de clase con horas adicionales de estudio con él. Así fue como intentó que, al menos, dos de sus alumnos siguieran cursos superiores en Viena, ayudando a que fueran y se instalaran allí, y haciendo que su amigo Ludwig Hänsel – catedrático de instituto – los examinase de externos para acceder al instituto. En este punto le dio la razón a su padre, cuando en 1890 afirmaba que el campesino era un obstáculo para el progreso, y llegó a pensar que Tolstoi era un ingenuo. Los padres no accedieron a que sus hijos continuaran estudios en Viena, pues debían trabajar en la granja o en la fábrica de lana, y aportar dinero a la familia en vez de mermarlo. Con el tercer alumno sobresaliente que se encontró, Fuchs, hijo de un zapatero, sólo lo preparó fuera de las horas de clase, pero ya no intentó que siguiera estudios superiores. Cuando el joven le comunicó a su profesor que quería ser zapatero como su padre, Wittgenstein le contestó que le parecía bien, que un hombre debía tener algo “decente” que hacer. Y fue zapatero, pero sabía latín, griego y matemáticas.

   Como profesor, llevaba a sus alumnos de excursión a la cercana localidad de Gloggnitz, a visitar una imprenta y ver su funcionamiento, o a Viena, a ver la ciudad y reconocer en calles y museos todo lo que se había visto en clase: estilos arquitectónicos, pictóricos y las máquinas de las que habían hecho modelos, en un suerte de Tractatus aplicado, al combinar la teoría – el decir – con la propia experiencia de lo que se mostraba.

IX

   La publicación del Tractatus no resultó una tarea fácil, y cuando en 1920 Wittgenstein comenzó su carrera docente, dejó el asunto en manos de Russell; él lo había intentado sin éxito desde que salió del campo de prisioneros hasta que se fue a Trattenbach.

   Finalmente se publicó en alemán en “Annalen der Naturphilosophie” en 1921, y al año siguiente se publicó en inglés, en  una traducción de C.K. Odgen, antiguo compañero de estudios de Wittgenstein en Cambridge. La correspondencia con Odgen y Ramsey comenzó a ser más intensa, y este último llegó a visitar a Wittgenstein en Puchberg. En esta misma época, el filósofo comenzó a tener contactos con Moritz Schlick, cabeza  visible del Círculo de Viena.

   No sería hasta 1929 cuando decidiera volver a la filosofía y a Inglaterra. Todavía no estaba decepcionado con su experiencia con los campesinos.

   Tras la publicación del Tractatus Wittgenstein preparó la segunda obra que daría él mismo a la imprenta: el Wortebuch für Volsschulen(Vocabulario o Diccionario para las escuelas primarias) en 1926. En sus clases, Wittgenstein solía hacer listas de palabras para que los alumnos copiaran de la pizarra y aprendieran su ortografía y el uso que de ellas se hacía. Estas palabras eran tanto en alemán estándar –Plattdeusch – como en el dialecto que sus alumnos hablaban. Wittgenstein consideraba que las gramáticas para uso escolar que existían eran inadecuadas, por tomar los ejemplos de la literatura, y siempre en Plattdeusch, hallándose , en cualquier caso, lejos del vocabulario de aquellos que debían usarlas. Él comenzó dando cabida al lenguaje cotidiano y a las anomalías que en él se producían; de ahí se llegaba hasta la norma general. Hacía el camino al contrario que las gramáticas tradicionales: partía de lo extraordinario para acceder a la norma. ¿Cuánto de este trabajo hay en las Investigaciones Filosóficas y sus juegos de lenguaje y en los múltiples ejemplos de cómo un niño aprende a usar una lengua e interiorizar sus reglas?


X

   Se  puede decir que, a su manera, Wittgenstein fue feliz dentro de esta experiencia; al menos los niños y las personas “auténticamente cristianas”, como Neururer y los Traht, habían llevado un poco de calma a este espíritu agitado.

   Sin embargo, algunos de estos niños lo llevarían lejos de esta profesión, a la que ya no volvió. Wittgenstein castigaba a sus alumnos cuando éstos lo merecían (no olvidemos la rigidez de su código moral), y que solía ser cuando los descubría tras cometer alguna “falta contra la honestidad”, es decir: mintiendo. No parece que el castigo fuera más allá de algún cachete. Sin embargo, en Otterthal, 1926, parece que se dio una “conspiración” contra el filósofo, ya que hubo alumnos que se desmayaron por las “sádicas” palizas que el profesor les propinaba, o por sangrarles la nariz tras un cachete. Su impopularidad entre los adultos y la exageración de los pequeños pusieron a Wittgenstein delante de un tribunal para dilucidar su responsabilidad ante tales hechos. A pesar de pasar el análisis psiquiátrico al que fue sometido, y ser declarado inocente de los cargos, el filósofo renunciaría a continuar con la labor que había comenzado hacía seis años.

   Ni rastro de Tolstoi en aquellos parajes.

EPÍLOGO

   Cuando Wittgenstein abandonó el magisterio, no volvió inmediatamente a la filosofía. Trabajó como jardinero en un convento una vez más, hasta que en 1927 comienza a trabajar con Engelmann en la construcción de la casa para su hermana Margarethe en la Kundmangasse de Viena – que todavía hoy se conserva, ahora como sede de la Embajada de Bulgaria en la ciudad. Llegó a inscribirse en el directorio de Viena como “arquitecto”.

   La casa de la Kundmangasse merece ella sola un capítulo aparte, pues es el Tractatus hecho artefacto, y una construcción con muchas similitudes con las obras de Adolf Loos, otro ejemplo de persona íntegra y honesta de Viena, empeñado en mantener la separación entre arquitectura y decoración, lo interno y lo externo, en cierta sintonía con la distinción entre el decir y el mostrar tractariano. Curiosamente, Loos, que vivía de forma bastante precaria, había recibido parte de la fortuna de Ludwig Wittgenstein antes de la guerra. Cuando murió el patriarca Karl Wittgenstein en 1913, Ludwig dio una parte considerable de su fortuna a von Ficker para que la repartiera entre artistas sin recursos. Loos fue uno de estos receptores, aunque nunca supo quién había sido su benefactor.



En 1929 Witggenstein vuelve a Cambridge, se doctora con el Tractatus y comienza lo que ha dado en llamarse “la segunda época de Wittgenstein”.

   De los años que aquí nos han ocupado, poco se suele decir; se toma como la etapa de silencio. Sea como sea, este período es un escalón más en la evolución personal de un hombre íntegro y honesto. Un genio, además.


NOTAS

(1)     Revista “SABER”, números 5 (septiembre –octubre 1985) y 6 (noviembre – diciembre 1985). Barcelona. Fue la primera publicación íntegra de estos textos. W. Baum, en su Introducción  a los Diarios Secretos de Ludwig Wittgenstein en el número 5 de la publicación, cuenta con todo detalle las vicisitudes que conllevó la misma, así como del comportamiento de los herederos del legado de Wittgenstein ante la publicación de algo que no se adaptaba a su propia interpretación.
(2)     Carta a von Ficker de 24 de julio de 1915. Revista “SABER” nº 6. De esta época no quedan cuadernos de diarios; tan solo han sobrevivido cinco cartas, cuatro a von Ficker – de las cuales ésta es la primera – y una a Russell.
(3)     Baum,W.: Ludwig Wittgenstein, pág. 102. Alianza Editorial. Madrid, 1985.
(4)     Baum, W.: Op. cit., pág. 132.
(5)     Bartley III, W.W.:WittgensteinEd. Cátedra.Colección Teorema. Madrid,1987. La primera vez que se publicó esta obra en Estados Unidos (1972), suscitó una gran polémica, pues parecía apuntar a inclinaciones homosexuales en Wittgenstein. La reacción de los albaceas testamentarios y algunos familiares del filósofo fueron bastante violentas, pretendiendo que se retirara la publicación. No lo consiguieron y comenzaron una labor de desprestigio en el The Times Literary Supplement. La edición española recoge el “Epílogo 1982”, donde el autor aclara esta polémica.
(6)     W.W.Bartley III, o.cit., págs 88 y 89.
(7)     W. Baum. Op.cit, pág. 106
(8)     W. Baum.Op. cit, pág.131.
(9)     W. Baum, op.cit, pág 132: “El estilo de Wittgenstein era, antes bien, autoritario y elitista; quería favorecer a los jóvenes que tuvieran talento; por los alumnos menos dotados sentía menos interés”.
(10) W.W.Bartley III, op. cit., pág. 104.

SABINA SPEILREIN


La vida de Sabina Spielrein destapa las miserias ocultas de Jung y Freud

Su biógrafo, Karsten Alnaes, rescata su dramática memoria íntima


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Karsten Alnaes, periodista e historiador noruego, desconocía la existencia de Sabina Spielrein hasta que su esposa, maestra de escuela en Oslo, leyó un artículo sobre la paciente y amante de C. G. Jung, víctima de plagio en alguna teoría psicoanalítica por parte de Sigmund Freud, y finalmente carne de cañón de los nazis, ya que, por pertenecer a una familia judía, la fusilaron con sus dos hijas frente a, la sinagoga de Rostov, en la antigua Unión Soviética. La biografía novelada de una personalidad extremadamente conflictiva e inusual estaba por hacer, pensó Karsten Alnaes. Y decidió que valía la pena intentarlo.

Karsten Alnaes estudió el diario íntimo y las cartas de Sabina Spielrein, hallados accidentalmente en el Instituto Rousseau de Ginebra por una mujer de la limpieza. Al parecer, Sabina los olvidó allí en un descuido de última hora, cuando ya había decidido regresar de la URSS, falsamente ilusionada con la idea de crear allí un centro especial para el tratamiento de niños mentalmente perturbados. En el Instituto Rousseau de Ginebra, Sabina Spielrein trabajó como psicoanalista, una vez que fue dada de alta por su terapeuta C. G. Jung y abandonada por éste en calidad de amante suyo.El historiador Alnaes visitó los lugares donde había vivido Sabina Spielrein y entrevistó a cuantas personas pudieran suministrarle información de primera mano acerca de ella. Una vez recopilado todo el material disponible, regresó a su casa de Oslo, lo ordenó pacientemente y comenzó a redactar el libro que daría por concluido al cabo de dos años.
Pero cuando el autor ya había entregado su manuscrito a los editores tuvo conocimiento del hallazgo en archivos rusos de nuevos escritos de Sabina, sobre todo cartas, que completaban ciertas lagunas en su historial clínico producido durante su tratamiento psicoanalítico a cargo de C. G. Jung. Estos informes, por ejemplo, revelaban que de niña había sido víctima de palizas propinadas por sus padres (él, un distinguido comerciante; y ella, una dentista educada en Odessa), así como que Sabina, que se sentía incomprendida y estaba desesperada, amenazó a su familia con suicidarse en varias ocasiones. La violencia física la excitaba sexualmente hasta el punto de que cuando su padre la maltrataba ella sentía la urgencia de masturbarse.
Estos y otros rasgos de la personalidad de Sabina intuidos por Alnaes en la novela confirmaban con los documentos lo certero que había sido su perfil biográfico. La imaginación del novelista había llenado perfectamente las lagunas del historiador. Todo esto se ha incluido oportunamente en la versión española del libro, a cargo de Ediciones Siruela, donde se ofrece un epílogo que completa y potencia el valor documental de la obra.

Una profetisa

"De todas formas, lo que deseo resaltar de mi trabajo", dijo Alnaes en la entrevista mantenida en su casa de Oslo, "es la imagen de Sabina Spielrein que me ha quedado fija en la mente después de escribir el libro, del que todavía no he conseguido liberarme. Es la imagen de la Sibila, de una profetisa, de lo que en los países nórdicos llamamos lavolva, una persona elegida, excepcional, alguien que a través del destino de su pueblo y de su propio sufrimiento fue capaz de penetrar en el fondo del alma, en la profundidad del ser humano". Y, como es lógico, añade Karsten Alnaes, "una persona así jamás es aceptada en su tiempo, nadie la cree, es sistemáticamente rechazada por todos".Rechazada y explotada. Aunque Alnaes no se ensaña con los santones del psicoanálisis Freud y Jung, como otros autores menos imparciales que él podrían hacerlo, el lector queda perfectamente persuadido de la mala fe demostrada por ambos con Sabina, así como de la manipulación a que, por distintas razones, la sometieron. De ello da prueba la correspondencia entre uno y otro, donde la culpa de Jung (un analista no puede éticamente practicar el sexo con su paciente) encuentra en la absolución interesada de Freud el espaldarazo para el ascenso profesional que a ambos beneficiaba.
En cuanto a la talla moral de Freud mismo, el libro de Alnaes -y sus palabras en esta entrevista- dejan poco espacio para la duda: "Freud se sentía escéptico ante la tesis de Sabina sobre un instinto de autodestrucción, siendo mérito de ella haberlo desvelado en los círculos psicoanalíticos que se limitaban a conceder importancia únicamente a la fuerza de la libido. Lo que hace Freud es copiar la tesis de Sabina Spielrein y simplificarla creando el instinto de muerte. Se limita a citar, en Más allá del principio de placer, a Sabina en una sola nota. Pero esto es algo que Freud acostumbraba a hacer. Tomaba cosas de otros. Las utilizaba, las falsificaba o las incorporaba en su obra".
Según explica Alnaes, los freudianos noruegos no han rechazado su visión poco elogiosa de la figura de Freud. Nadie puede negar que en 1911 y en una de las reuniones de los miércoles en casa de Freud, en Viena, Sabina expuso la conexión existente entre el retorno a la materia de origen y el volver a nacer, y en la relación entre el elemento agresivo y destructor en lo erótico del comportamiento humano, algo que ella, por su experiencia personal, estaba mejor capacitada que otros para intuir.
"Sabina aparece como una Casandra moderna que anticipa el destino, que vislumbra, cuando nadie lo vislumbra, el holocausto y la tragedia. Ella advierte a sus colegas de los peligros que todavía nadie ve", afirma Alnaes. Y por eso la considera también víctima y mártir del psicoanálisis.

En la URSS

El regreso de Sabina, como el de tantos otros intelectuales y artistas judíos, a la Unión Soviética, lo atribuye Alnaes a la fe que éstos depositaban en un futuro idílico que les garantizaba verse libres de persecuciones. "Sabina, que había publicado artículos, que había psicoanalizado a Jean Piaget, creyó que sus conocimientos debía ponerlos a disposición de la nueva URSS. Allí deseaba abrir una clínica para niños con trastornos psíquicos, como ella lo había sido, y confiaba en que el psicoanálisis recibiría, . si no un apoyo abierto, sí, al menos, una satisfactoria tolerancia oficial. Se equivocó. Lo que encontró fue la muerte".Estas páginas finales del libro (como las del comienzo, cuando la enfermedad avanza hacia ella) son las más conmovedoras. Karsten Alnaes reconstruye aquella procesión forzosa de judíos por las calles de Rostov. Es el año 1941. Sabina va con ellos, de la mano de sus dos hijas, hacia la sinagoga, donde encuentran armados a los nazis que habían vuelto a adueñarse de la ciudad. Los camiones que se llevaría a los ejecutados esperan con los motores en marcha. El oficial Fritz Neuman dio la señal. Todo fue rápido.

domingo, 3 de enero de 2016

Un Freud para cada uno

El Freud nuestro de cada día

Que Freud (1856-1939) sigue vivo en Occidente lo experimentamos a diario: los conceptos que acuñó se emplean en conversaciones informales y hasta se fabrican muñecos de trapo y títeres con su efigie. Su figura ha sido creada y recreada por sus biógrafos en numerosas ocasiones y su legado ha sido objeto de discusiones violentas. La historiadora del psicoanálisis Élisabeth Roudinesco es consciente de ello ya desde el prólogo de su biografía de Freud, en la que, si bien apenas dedica atención a la figura de Freud en nuestro tiempo —aunque lo prometa desde el título—, no deja de señalar que la enorme influencia del psiquiatra austriaco en nuestros días se debe a que éste “impuso a la subjetividad moderna una pasmosa mitología de los orígenes cuyo poderío parece más vivo que nunca cuando más se intenta erradicarlo”. El texto, que le valió a su autora el premio Décembre en Francia el año pasado, viene precedido por ciertacontroversia tras la publicación del ensayo de Michel Onfray Freud: El crepúsculo de un ídolo, donde el autor dejaba a Freud y a su sistema de pensamiento en muy mal lugar.
Habría que preguntarse entonces qué aporta al debate intelectual esta nueva biografía del psiquiatra vienés. La principal respuesta es que, para su redacción, Roudinesco accedió a documentos que no habían sido consultados antes de 2010, fecha de apertura al público de los archivos freudianos que posee la Biblioteca del Congreso de Washington. Gracias a este material —el abundante aparato de notas da fe de su uso— y a su interés por desmarcarse de la visión de Onfray, la autora combate las clásicas sobreinterpretaciones simplistas acerca de un Freud del que se ha llegado a rumorear que violó a su sobrina y que sufrió abusos por parte de su nodriza.
Como combustible para el avance de esta biografía, Roudinesco toma como principal aportación de Freud el nuevo relato sobre la sociedad europea de su momento que ofreció a través del psicoanálisis, pues gracias a él transformó la mirada que Occidente tenía sobre la locura, mirada que más tarde se aplicó también al arte, la literatura y la antropología.
La historiadora francesa nos ofrece principalmente una biografía intelectual de Sigmund Freud, y para ello tiene en cuenta las comunidades de pertenencia del psiquiatra —el judaísmo y la intelectualidad de Viena—, así como la genealogía de los términos más relevantes del psicoanálisis, desvelando la acogida que tuvieron conceptos como “histeria” o “complejo de Edipo” nada más acuñarse, así como su posterior evolución; es en este aspecto donde, a mi juicio, radica la singularidad de este ensayo biográfico, estructurado en cuatro capítulos que siguen un orden cronológico. Si bien el primero se titula ‘Vida de Freud’, en los otros tres se narra igualmente la trayectoria vital del psiquiatra, aunque la atención se centre más bien en su desarrollo intelectual y científico. La recreación de momentos como la cura de Gustav Mahler, los cenáculos de Freud en su propia casa y su primer viaje en barco a Estados Unidos, acompañado por los también psiquiatras Jung y Ferenczi, poseen el encanto de lo novelesco y muestran la versatilidad de la autora, que se mueve cómodamente en registros muy diversos.
Freud. En su tiempo y en el nuestro. Élisabeth Roudinesco. Traducción de Horacio Pons. Debate. Barcelons, 2015. 608 páginas